🏹#98: Cuerpo y destino 🫀
Queridas personas:
Hace meses que duermo con un reloj que me dice cómo ha sido mi sueño durante la noche. Lo hago solo porque no sufro de insomnio y rara es la mañana que no amanezco con una puntuación de más de 90. Lo contrario sería intolerable. No se me ocurre peor manera de empezar el día que con un reproche autoinfligido a cargo una máquina, cuando además ya logré librarme del despertador. Y aun así, siendo una durmiente excelsa que solo recibe alabanzas, la gráfica que me muestra el teléfono me produce cierto vértigo. Es un recordatorio diario de que mi cuerpo tiene una vida propia, unos ritmos internos sobre los que no ejerzo ningún control y nunca es tan evidente como cuando mi consciencia desaparece. Es mi cuerpo sin ella el que dibuja un patrón de varios colores en la gráfica que distingue las fases del sueño, salpicado a veces de lagunas de vigilia que no suelo recordar.
Pasamos durmiendo un tercio de nuestra vida, un tiempo inmenso en el que el cuerpo realiza funciones críticas, que afectan a la memoria y al estado de ánimo. Pero aun así seguimos viviendo la fantasía de que es nuestra consciencia, esa vocecilla que hace uso de palabras y fantasías para explicarse a sí misma, la que gobierna el cuerpo, la que lleva las riendas y tira de él hacia un lado o a otro.
Últimamente cada vez que algo me duele, me permito llorar. Antes me reprimía porque, aunque nadie me viera, la imagen de mí misma llorando me creaba un conflicto narrativo. Mi consciencia tenía que admitir una vulnerabilidad indeseable: algo o alguien me había afectado tanto como para hacerme llorar. El llanto era sinónimo de drama, de derrota, aunque fuera por una tontería. Especialmente si era por una tontería.
Ahora no intervengo y me arrojo al llanto si el cuerpo así lo pide, aunque los motivos me parezcan ridículos. Mientras lloro, sufro porque siento el dolor de una manera física, pero si el llanto se prolonga, hay un momento en el que «despierto» y puedo observarme a mí misma llorando, sin juzgar, tal y como te enseña a hacer la meditación. Si el motivo no es muy grave, a menudo con ese despertar basta, el llanto cesa, el cuerpo respira y el dolor desaparece. Si la tristeza es más intensa, el llanto continúa aunque una lo observe. El dolor no se va, sigue siendo todo una mierda, pero una vez se pasa, queda la sensación de haber sufrido un poco menos. Quizá la consciencia se aferra a este hecho para, en su narración posterior, apuntarse una pequeña victoria: había una parte de mí que no lloraba, una parte que estaba por encima del dolor.
Creo que esta reacción inmediata me ayuda a purgar las penas, expulsa con lágrimas la mayor parte. Pero siempre queda un residuo que mi cuerpo procesará en sus propios términos. La cabeza da vueltas e intenta encajar el golpe, racionalizar la situación, ponerla en palabras para entenderla, aceptarla, pero son otras partes del cerebro las que responden a ella: se me enturbia el ánimo, arrastro todo el día un malestar del que no puedo huir, hasta que una mañana me despierto como nueva, con la misma sensación de haber superado una gripe. Un éxito en el que mi consciencia poco ha tenido que ver.
Tan grande es la desconexión entre la mente que narra y esas otras partes del cerebro, que a veces solo sabemos reconocer un daño cuando ya nos hemos recuperado de él. No queremos ver que el cuerpo se resiente por culpa de trabajos, relaciones, lugares, si la narración vital está empeñada en que eso es lo que nos toca o nos conviene.
Vivimos en tal delirio colectivo que pensamos que leyendo un libro de autoayuda o manteniendo una mentalidad positiva podemos librarnos del daño provocado por violencias sistémicas. Pensamos que si nadie nos toca no existe un peligro físico, que todo sucede en el plano de las ideas donde podemos operar con razonamientos y palabras a lomos de nuestra voluntad. Soñamos y nos convencemos unos a otros de que ostentamos un control que jamás hemos tenido porque los cuerpos son procesos físicos y químicos en constante diálogo con lo que nos rodea. No hay nada menos íntimo que el cuerpo.
El otro día leí sobre el concepto de hibris en la Antigua Grecia, del que deriva el término «hubris» en inglés. Los antiguos griegos llamaban de esta forma a la arrogancia de pensar que uno podía imponerse a los dictados del destino, desafiar los designios de los propios dioses. Yo no creo en poderes divinos que nos observen, pero sí venero la grandeza de la materia, desde lo más grande a lo más pequeño. Más aun la de la materia que me permite pensar y comunicarme, la que sustenta estas mismas palabras. Quizá la verdadera hibris sea ignorarla, caer en la arrogancia de creer que la consciencia puede dominar al cuerpo, cuando solo es una pequeña pasajera dentro de él.
🎧 Os prometo que una parte de mí es completamente normal y participa funcionalmente en este mundo, otra parte de mí está perdidísima en estos temas sobre consciencia y materia, y encima escucha en bucle canciones como esta.
➤ Una cita
Dentro de dos semanas, cuando recibáis la próxima carta, no me imaginéis delante de un escritorio escribiendo mi correspondencia con una pluma de ganso porque en realidad estaré en el Carballo Interplay teniendo una charla con la extraordinaria Ainhoa Marzol de Gárgola digital. ¿Y de qué hablaremos? Qué pregunta tan absurda. Pues de internet y de cómo encontrar nuestro sitio en un medio cada vez más hostil. Os juro que pocos planes me apetecen más que este. Si os pilla cerca, venid a hacernos compañía.
➤ Unas clases
Para lo que no es solo exploración, sino creación, mi chica de internet de confianza siempre ha sido y será Mina Barrio. Desde que la descubrí hace años, he hecho todos sus cursos sobre creación de contenido en redes, porque, aunque yo personalmente no tengo necesidad de generar más contenido que el que me apetece, sí necesito saber cómo se hace. Lo necesito por trabajo y porque SABER en general me da la vida. Hace unos meses, Mina lanzó El laboratorio, con una mezcla de clases en vídeo, comunidad y ejercicios prácticos. Lo recomiendo para cualquiera que quiera crear contenido, pero también para cualquiera que quiera entender cómo funciona esa parte de lo que hoy, nos guste o no, es internet. Mina me ha dado el código vengoporcarmen para que si os suscribís a cualquiera de los planes tengáis una masterclass extra de regalo.
➤ Un cuaderno
Esta semana no me puse a leer sobre el concepto de hibris en la Antigua Grecia porque lo recordara de repente. Lo trajo a mi orilla este vídeo de otra de mis personas favoritas en YouTube y el contenido de su commonplace book es tan de mi gusto, tan de mi interés que me da un poco de miedo, la verdad. Os recomiendo no solo este, sino los últimos vídeos de su canal. Dan paz y te reconcilian con internet. Es el tipo de cosas que veo mientras como algo (si no tengo un ser humano cerca) o antes de dormir cuando estoy muy cansada para leer.
Aquí me despido, hasta mi próxima carta, dadle alguna alegría al cuerpo.












gracias por esta reflexión, Carmen. me ayuda a resituar el cuerpo donde le corresponde… el cuerpo, a veces ese gran desconocido. parece mentira cómo la mente arrasa con todo.
estoy en un viaje de reconexión con mi cuerpo, y leer textos que sitúen al cuerpo como protagonista, como sabiamente hace el tuyo, me susurran un “es por ahí” que destaca entre la maraña mental.
¡Qué bonito descubrimiento el canal de YouTube que mencionas! El fin de semana va a resultar distinto gracias a ello.