🏹#100: Fiesta en el abismo 🙃
Queridas personas:
Ya lo veis en el título: este es el número cien de Flecha. Como la progresión aritmética es una de las pocas certezas que tenemos estos días, hace semanas apunté en una lista «pensar ideas para el número cien». A continuación ignoré esta tarea con la excusa de estar ocupada, hasta que por fin no tuvimos más remedio que vernos las caras en un viaje en coche de seis horas. Mientras kilómetros de asfalto me entraban por los ojos, traté de desentrañar los motivos de una atroz resistencia mental que no lograba entender: pensar algo especial para el número cien de Flecha era una cosa que nadie me había pedido, nadie esperaba y a nadie le importaba. Si me lo había propuesto era porque creía que me hacía ilusión.
Me dije que el hito debía ser una celebración para mí misma y que por tanto podía hacer lo que quisiera. Podía incluso ignorar el número, no escribir la carta o no volver a mandar ninguna jamás si eso era lo que de verdad deseaba. Cuando algo me agobia me propongo a mí misma alguna salida extrema: dejar un trabajo, coger un tren, saltar por una ventana. Desde que era niña vivo en constante lucha contra la claustrofobia existencial y por eso mi vida está montada de tal manera que siempre tengo a la vista un plan de escape. Después de ofrecerme estas alternativas, las voces de mi cabeza se calman y empiezan las negociaciones.
Logré confesarme que el hito en el fondo me parecía estúpido. Algo que cuando celebra otra gente encuentro aceptable, pero que en mí resultaría impostado. Porque a mí los aniversarios siempre me han angustiado, porque mi trayectoria es errática por naturaleza y porque además no significa nada. La numeración de Flecha es independiente de la de OLA, que es mi newsletter de verano, y en realidad con esta he mandado ciento noventa cartas en total (lamentablemente esta cuenta ha salido redonda y ahora todos sabremos si llego a doscientas).
Después de soltar eso, empezaron a salir más cosas: que no soy la community manager de mi marca, que esto no es una empresa, que conozco bien el lenguaje publicitario pero precisamente por eso no lo quiero en estas cartas.
Me enfadé conmigo: ¿Qué pinta aquí el capitalismo? ¿Tienes que ser siempre una nihilista antisistema que se boicotea a sí misma? ¿No puedes pensar en esto como algo personal y bonito, como una simple fiesta de cumpleaños infantil? Pero eso me hizo recordar cómo son las fiestas de cumpleaños de los niños ahora y fue peor.
Llegué a la conclusión final de que la crisis de la edad que nunca he sufrido —precisamente por todos esos planes de escape, la libertad que con tanto celo he protegido, los años que llevo haciendo lo que me da la gana— me ha llegado ahora de otra forma, en mi identidad digital, con el número cien de esta newsletter. Porque es normal, porque no soy centenaria sino milenaria en años de internet y llevo aquí, en una newsletter, una columna, un blog, una humilde esquinita de la web, desde el principio de los tiempos, tratando de mantener un mínimo de pureza mientras a mi alrededor se desbocan los horrores.
Tengo el ánimo justo para no rendirme y por eso no me veo con las fuerzas de celebrar nada: decorar la casa mientras arde, una fiesta al borde del abismo, la señora Dalloway diciendo que ella misma iría a comprar flores.
Antes la presencia en internet era una identidad fantástica, a menudo secreta, una puerta a otra dimensión que podía cerrarse cuando se volvía oscura. Ahora no hay separación posible. Da igual que performes una nostalgia de lo analógico, que tus auriculares tengan cable, que leas en papel o toques hierba a menudo. No se puede escapar de internet porque la hiperconexión tóxica ha contagiado ya todos los cerebros. Hasta los niños pequeños que nunca han usado una pantalla posan haciendo gestos que se inventaron con los selfies y reconocen franquicias de videojuegos a los que nunca han jugado.
El tecnooptimismo es la única forma de optimismo que he practicado en mi vida. Siempre he pensado que la tecnología no es buena ni mala en sí misma sino solo una herramienta. Que el palo con el que un primate te hiere es el mismo con el que puede aprender a hacer música. Y esta promesa de prodigios me ha dado a menudo esperanza, ganas de vivir. Pero es muy difícil estos días mantener esa mentalidad porque la tecnología amplifica y empeora los problemas que ya estaban ahí. Esos que desde arriba nadie tiene interés en solucionar. Es lo que ha pasado con internet y es lo que ya está pasando con la inteligencia artificial.
Así que en el número cien de esta newsletter me permito este ejercicio de sinceridad. Un respiro, un descanso en esta obligación que yo misma me he impuesto. Reconocer que no siempre puedo mantener el espíritu de estas cartas y centrarme en las cosas positivas. Que cuando una se siente perdida es imposible convertirse en refugio para otros.






Buen ejercicio. Y ya que del otro lado estamos un porrón de gente, cómo nos hacemos refugio para ti? 🤗❤️
Un ejercicio de sinceridad con una misma y con los demás siempre es una buena forma de celebrar ❤ gracias Carmen.