🌊#4: Pura posibilidad 🌅
Queridas personas:
Un día a principios de junio me levanté temprano, me fui a leer al salón, con las ventanas abiertas, y tuve el convencimiento de que lo que más me gusta del verano son las mañanas. Esa parte del día, que es toda posibilidad, cuando las primeras horas tienden su refugio de frescura y los horrores del mundo aún no han despertado. Antes de que el calor abrase el ánimo, el tiempo es nuevo y nuestro, con él se puede no hacer nada o hacerlo todo. En el optimismo de una mañana de verano cabe cualquier sueño, cualquier plan. Somos personas recién estrenadas que aún no conocen el fracaso.
¿Puede decirse lo mismo de una mañana de invierno? No, en absoluto. Y el otoño juega en su propia liga de melancolía. Solo la primavera ofrece cierta competencia con su alegre exuberancia, pero los días amanecen variables y no sirve cualquiera, no se puede confiar en esa estación.
Lo único malo de las mañanas de verano es que se acaban y a eso del mediodía descubrimos que el mundo sigue igual y nosotros somos los mismos. Nuestras obligaciones ya se han presentado puntuales exigiendo atención y el día se desarrollará imponiendo más o menos obstáculos según estemos de vacaciones o no. La sensación de optimismo se ha esfumado, pero queda el recuerdo de esas horas benévolas y la promesa de que volverán al día siguiente.
Durante los años que os he mandado estas cartas veraniegas, las más madrugadoras me habéis mostrado fotos de los lugares donde me estabais leyendo y a veces también de los desayunos con que acompañáis estas líneas. Siempre me he sentido afortunada y orgullosa de que me hagáis un hueco en las que para mí son las mejores horas del año.
Por supuesto, se puede vivir ajena a la belleza una mañana estival, o bien porque la pasemos durmiendo (si es en favor de una buena noche de verano no me opongo en absoluto) o bien porque no nos paremos a apreciarla. Podríamos no prestar atención al canto de los pájaros, a los bailes de luz clarísima en las ventanas, al rumor de la ciudad despertando o al enredo de los vencejos en el aire, que planean frenéticos a esas horas. Podríamos ignorar todo eso y nuestra vida seguiría su curso, pero sería infinitamente peor.
🍹 La canción
Esta carta merece una canción con la que empezar el día por todo lo alto y darle un punto excéntrico que lo haga memorable. Para eso nadie mejor que la princesa inca.
🌞 El tesoro
No he visto aún La Odisea, pero no espero menos que todos vayan vestidos con seda de mar, un tejido dorado que se usaba hace dos mil años, fabricado a partir de un molusco en peligro de extinción. Hace poco un equipo de científicos coreanos logró recrearlo con otro método y estoy deseando ver el resultado algún día en toda su sirenidad.
🌬️ La cosa que sigo recomendando
Un objeto que me salvó la vida el año pasado y este verano vuelve a ser imprescindible (esta noche sin ir más lejos) es este ventilador, cuyo precio ha subido como la temperatura desde que yo lo compré. Aun así, volvería a hacerme con él porque es supersilencioso y plegado cabe en cualquier parte.
👂 La web
Como el otro día os traje un enlace de cotillear ventanas ajenas, hoy os invito a poner la oreja. Me encanta este podcast en el que profesionales del audio publican paisajes sonoros tan variados como los de un pájaro cantando de madrugada en Londres o una procesión en Palermo. Sin mucho más contexto que ese y por el simple placer de compartirlo: la magia del viejo internet.
👀 La petición
Enseñadme dónde me estáis leyendo como en los viejos tiempos. Contestadme a este mail o mencionadme en Instagram para que pueda comprobar hasta dónde llega esta carta.
🪟 Las palabras
Para hacer el collage que ilustra este número he usado una foto de la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen y qué menos que despedirme con un poema suyo que le ponga más belleza a vuestro día:
Balcones
En el balcón los poemas emergen
Cuando se azula el río y brilla
El verde oscuro del ciprés cuando
Sobre las aguas se recorta la blanca escultura
Casi oriental casi marina
De la torre aérea y blanca
Y la mañana abierta
Irisada y divina se vuelve
Y sobre la página del cuaderno el poema se alinea
En otro balcón así un septiembre de otrora
Que en mil estatuas y azul púrpura se prolongaba
Amé la vida como algo sagrado
Y la juventud me fue eternidad
Hasta la semana que viene, no dejéis de madrugar por placer.






Me encanta el principio de este texto, tan sencillo y tan real
Llevo unos días madrugando radicalmente para irme antes a la cama y solucionar mis problemas de sueño. Sé que no lo lograré, son muchos años ya en la batalla, pero el "madrugue" se está revelando como una conquista fantástica, coincido plenamente con tu bellísimo primer párrafo (todo el texto lo es):
Esa parte del día, que es toda posibilidad, cuando las primeras horas tienden su refugio de frescura y los horrores del mundo aún no han despertado. Antes de que el calor abrase el ánimo, el tiempo es nuevo y nuestro, con él se puede no hacer nada o hacerlo todo. En el optimismo de una mañana de verano cabe cualquier sueño, cualquier plan. Somos personas recién estrenadas que aún no conocen el fracaso.