🌊#5: Futura nostalgia 🍷
Queridas personas:
Hace unas semanas mi novio y yo nos sentamos en una de las dos únicas mesitas frente a la puerta de un bar moribundo que no solemos frecuentar porque está demasiado cerca de nuestra casa. Horas antes nos habían dado unos flyers por la calle, y acudimos, no porque la promoción nos sedujera en absoluto —ni siquiera la recuerdo—, sino porque nos pareció llamativo que un bar de toda la vida en una zona céntrica tuviera que publicitarse. Entre una ronda y otra, el camarero nos confirmó la sospecha: el sitio está casi siempre vacío porque la gente ya no bebe tanto al salir del trabajo.
Seguimos comiendo nuestras raciones mientras digeríamos esta información agridulce: era triste que el negocio fuera mal, pero brindamos por que al menos los hábitos de otros hubieran mejorado.
Algunas noches de verano en la ciudad desprenden una melancolía pegajosa y, entre eso y ser testigos del ocaso de un local con solera, se nos puso un ánimo sombrío que el alcohol no hacía más que empeorar. Acabamos hablando de enfermedades y muertes repentinas que nos habían tocado de cerca este año y ninguno de los dos lo expresó con palabras, pero la pregunta se intuía en el aire: qué sentido tiene nada.
Yo planeo sobre el abismo existencial varias veces al día, pero ver a mi novio asomarse a él me resultó insoportable, así que le recordé algo que me había contado mi hermana. A principios de junio, mi sobrino de seis años le dijo muy contento: ya empieza a hacer calor, pronto será verano y pondremos la mesa del salón debajo del ventilador, y comeremos sandía, ¡que la cortó el tito Andrés!
La memoria de un niño pequeño tiene una cualidad elástica fascinante que se manifiesta sobre todo en verano: el cerebro tierno, aún sin doblegar del todo por la mezquina lógica de la gramática, es capaz de conjugar el pasado en futuro y convertir una ocasión de felicidad puntual en algo que se sostuvo en el tiempo, abarcó toda una estación y sin duda volverá a repetirse. Mi novio cortó sandía para mis sobrinos solo una vez. Fue memorable porque el interior de la fruta no era rojo, sino amarillo y, en lugar de cortarla en rodajas, trazó con el cuchillo una cuadrícula de la que luego extrajimos prismas deliciosos.
Al tito Andrés se le iluminó la cara cuando le conté la anécdota. En ese momento se nos hizo evidente que el sentido de la vida puede ser muy sencillo: consiste en crear recuerdos de una felicidad cotidiana que ganen brillo con el tiempo, para atesorarlos y compartirlos con otros, y permitir que se estiren o se agranden y nos sirvan de cobijo cuando nos hacen falta.
Anoche volvimos al bar vacío y nos sentamos en la misma mesita para acabar de elaborar nuestra futura nostalgia. No tenemos la memoria flexible de un niño, pero quizá dos o tres ocasiones sean suficientes. Si el próximo verano el bar está cerrado, pasaremos por delante y podremos preguntarnos con añoranza: ¿te acuerdas de cuando veníamos aquí?
🍉 La canción
Una versión que quizá no conozcáis de una canción que habéis oído un millón de veces.
💦 La visión


Me encanta la nostalgia acuática de Cecilia Reeve. Me dan ganas de sumergirme en sus animaciones y no salir.
⏳ La cosa que sigo recomendando
El olor a repelente Halley es ya parte inconfundible de mis veranos y además me recuerda a mi madre porque fue ella la que me lo recomendó hace años. Cuanta más fe le tengas, más funciona. Os he puesto mi enlace de afiliados de Amazon, pero seguramente lo podáis encontrar en vuestra farmacia de confianza.
🙏 El agradecimiento
La semana pasada mandé una carta dedicada a las mañanas gloriosas de verano coincidiendo con una de las más tristes que recuerdo en Madrid. Al amanecer el cielo estaba cubierto por el humo de los incendios y entonces sí que me pareció que nada tenía sentido. Solo al entrar en Instagram y ver una historia de Erea Azurmendi en la que agradecía que mi carta le hubiera hecho sentir mejor, me empecé a sentir mejor yo. Luego llegaron más mensajes aquí y a Instagram, y las redes sociales sirvieron por una vez para lo que deberían servir todos los días. Pero la mejor sorpresa me esperaba el lunes cuando, al ponerme a contestar el par de correos que había recibido, descubrí que tenía muchísimos más en la carpeta de spam. Y estaban llenos de fotos. Así que me pasé el día cotilleando salones, dormitorios, balcones y jardines de toda la geografía española y lugares tan lejanos para mí como México o Islandia. Mi foto preferida me la mandó una lectora desde el invierno de la Patagonia y le pedí permiso para ponerla aquí. Creo que contesté a todo el mundo, pero gracias otra vez. Me habéis hecho muy feliz y me habéis recordado por qué escribir estas cartas merece la pena.
🔍 La noticia
Hace casi dos mil años, en lo que ahora conocemos como Millares, Valencia, las mujeres entraban en una cueva a más de doscientos metros de profundidad y dejaban grabado su nombre en la roca como parte de un culto dedicado a Domina («la señora») a la que también se referían como Malaci. ¿No os suena esa diosa? Normal, porque no se conocía hasta ahora. Los investigadores creen que tenía que ver con el agua, aunque aún se están barajando hipótesis. Me fascina esta noticia porque si supiera con detalle lo que las mujeres hacían en la Cova de les Dones es probable que no me interesara mucho. Pero el misterio, el no saber, el imaginar es irresistible.
Me despido por hoy. Hasta la semana que viene, haced algo digno de nostalgia.






Qué preciosidad! En estos tiempos oscuros, son esos pequeños momentos de felicidad cotidiana los que nos salvan ✨
Hacer algo digno de nostalgia es un gran propósito. Maravillosas siempre las cartas. ¡El repelente a mi WishList por si veo que los mosquitos tigre vuelven a la carga!