🌊#6: Oleaje interior 🌀
Queridas personas:
Tumbada mirando el cielo y escuchando el estruendo de las olas. Para el estándar de esta playa, hoy es un día de mierda, pero el aire aquí no levanta arena y no hace calor. Se puede estar. La sombrilla vieja, hábilmente colocada, aguanta estoica la embestida del viento. Está manchada de óxido y no ofrece una imagen reconfortante, pero me está dando una lección. Al sacarla de su funda he dicho: esto está para tirar, y no, la sombrilla resiste y cumple su tarea y sinceramente todos somos en algún momento esa sombrilla de la que alguien habría querido deshacerse si hubiera tenido a mano una alternativa mejor.
Me pesa el ánimo hoy y siento que es culpa mía este mar revuelto porque a veces creo que soy un poco meteorópata inversa y mis emociones pueden afectar a los elementos, pero solo para mal. Por supuesto no creo esto racionalmente, igual que no creo que si hubiera visto la final del Mundial, España hubiera perdido, pero por si acaso no la vi. A menudo cuando hablo de este tema soy acusada de egocéntrica: ¿cómo puedes pensar que tienes alguna influencia en el resultado de un partido o en las condiciones meteorológicas? ¿Es que el mundo gira a tu alrededor? Yo asiento con la cabeza, me río y doy la razón al otro, pero por dentro me digo que ni siquiera puedo estar segura de que mi interlocutor exista y no sea un producto de mi propia mente. El solipsismo es tan indemostrable como irrefutable.
Vuelvo a mirar el cielo y veo un avión diminuto surcando un azul sin nubes. Cierro los ojos y pienso que es una pena que haya tantas novelas tan buenas y tan bien escritas dedicadas solo a las relaciones entre personas, en lugar de hablar del universo y la existencia. Como objeto de reflexión, las personas estamos sobrevaloradas y nuestras relaciones, más. En la ficción, se entiende la complejidad de los personajes como un valor, porque les aporta verdad, los hace creíbles. El problema es que se suele confundir la complejidad con ser insportable.
De repente, no sé por qué, decido que es un buen momento para romper el pacífico silencio que mi novio y yo mantenemos y echarle en cara que no me haya dicho nada de mi carta de la semana pasada. Aclaro que nunca le exijo que lea ni que me dé su opinión sobre lo que escribo, pero la noche anterior le vi de reojo con la newsletter abierta en el móvil y, al acordarme de que hablaba de él, me parece indignante que no haya hecho ningún comentario al respecto. Él contesta que le gustó mucho, lo cual desactiva al instante cualquier posibilidad de discusión. Más tarde me pregunta si de verdad me preocupó tanto su estado de ánimo aquella noche. Le digo que no, bueno, sí, no sé. Me doy cuenta de que el texto ha destruido por completo el recuerdo y no distingo entre lo que ocurrió realmente y la reconstrucción que hice luego. Me alucina el auge actual de la autoficción: como escritora me parece el camino más rápido hacia la locura.
Recibo otra lección de vida por parte de los niños del grupo de al lado. Han conseguido construir un fuerte colocando varios pareos sobre un montón de palitos, empresa que hace un rato, cuando se hallaba en fase temprana, me pareció ridícula. Sé que no hay que ser ingeniera para observar la dirección del viento y reforzar los puntos de apoyo, pero me sorprende la firmeza con la que se sostiene algo tan frágil. Esta playa está llena de metáforas y yo no estoy de humor para tomar nota.
Se me ocurre de pronto que si la realidad estuviera solo en mi cabeza, quizá estaría tratando de decirme algo a mí misma. Miro entonces las olas, el símbolo definitivo. Una maquinaria incansable, un espectáculo de la física más pura. Creo recordar que hablé sobre ellas el año pasado y haciendo memoria logro recuperar una versión distorsionada y mejor de lo que realmente escribí. Sí, me digo, es verdad, las olas ya rompían con la misma fuerza antes de que nadie pudiera oírlas. Estaban aquí antes y seguirá estando cuando yo ya sea arena. Noto cómo se relajan músculos que no sabía que tenía en tensión. Mi angustia desaparece siempre que consigo escapar de la prisión de mí misma y lo más gracioso es que la salida está en mi propio pensamiento, como si pintara una puerta en la pared.
Ya no estoy de mal humor ni me parece un día de mierda. Las reacciones químicas de mi cerebro han convertido el plomo en oro, y han generado un instante de felicidad absoluta. La única pega es que antes he sacado el móvil para escribir algunos párrafos y frases sueltas de esta carta, pero me resigno: renunciaré a recordar este momento y lo desharé en palabras porque de todas formas no me pertenece. Es producto de las olas, del viento, del avión que ha surcado el cielo y de los niños que han construido ese fuerte. Está fuera de mí y ya se aleja rápido en el tiempo.
🐚 La canción
Una canción preciosa que empieza como un mar tranquilo y se rompe al final.
🙃 La visión
Esta foto de una cabeza de venus romana de hace dos mil años dentro de una bolsa de Mercadona es ahora mismo mi alfa y mi omega. Un símbolo que resume mejor nuestra civilización que cualquier obra expuesta en el MoMA. La pienso imprimir para tenerla a la vista porque me hace inexplicablemente feliz y agradecida de que el algoritmo del universo nos la haya regalado. Cuando la puse en Instagram muchas coincidisteis en que parecía una escena de La quimera, pero aquí sencillamente la realidad supera a la ficción.
⚠️ El aviso
Os dije que enviaría siete cartas este verano, así que tened en cuenta que esta es la penúltima. Siempre aviso porque el paso del tiempo es cruel e implacable, y una necesita hacerse a la idea.
🪼 La web
Mis baños los prefiero sin medusas, como es lógico, pero las encuentro fascinantes. Aquí una web para tener a unas completamente inofensivas nadando de fondo.
🙉 La cosa que sigo desrecomendando
Revivo la sección de desrecomendaciones que tuve durante años para volver a aconsejaros con mucho énfasis que no uséis altavoces en la playa. Cada conjunto de sombrilla, sillas y toallas es un microcosmos y lo que te gusta escuchar a ti puede ser el infierno para la unidad familiar que tienes al lado. En realidad, no sé para qué escribo esto, estoy segura de que todas las que me leéis ya pensáis igual que yo.
👀 El pasatiempo
¿Tenéis hijos? ¿Sobrinos? ¿Primos pequeños? En realidad los niños no son indispensables, pero resultan una buena excusa para practicar el arte de cavar un hoyo en la arena. A mí, si os digo la verdad, me gusta más observar el proceso como buena anciana interesada por las obras. Luego hay que taparlo para que nadie se accidente, pero creo que está infravalorada la emoción que despierta una cosa tan simple en nuestras cabecitas de primates.
🌊 Las palabras
Hoy termino con un poema de Julia de Burgos, poeta puertorriqueña en cuyos versos a menudo se cuelan las olas.
Alta mar y gaviota
Por tu vida yo soy...
en tus ojos yo vivo la armonía de lo eterno.
La emoción se me riega,
y se ensancha mi sangre por las venas del mundo.No doy ecos partidos.
Lo inmutable me sigue
resbalando hasta el fondo de mi propia conciencia.En ti yo amo las últimas huidas virginales
de las manos del alba,
y armando lo infinito
te quiero entre las puertas humanas que te enlazan.En ti aquieto las ramas abiertas del espacio,
y renuevo en mi arteria tu sangre con mi sangre.¡Te multiplicas!
¡Creces!
¡Y amenazas quedarte
con mi prado salvaje!Eres loca carrera donde avanzan mis pasos,
atentos como albas
al sol germinativo que llevas en tu impulso.Por tu vida yo soy
alta mar y gaviota:
en ella vibro
y crezco...
Me despido por hoy. Hasta la semana que viene, intentad calmar las aguas.





