🌊#7: OLA y adiós 👋
Queridas personas:
Salgo a menudo a dar un paseo por un parque donde no hace menos calor, pero el verde alivia los ojos. Un día tomo un sendero distinto, más solitario, y la luz, una luz rara y difusa porque hay calima, me dice algo: se están dando condiciones peculiares y no puedo sino parar la música, quitarme los cascos y prestar atención a mi entorno, como única testigo humana de esta escena. Me siento en un banco y escucho el rechinar de las cigarras, algunos pájaros que se llaman y el rumor del tráfico lejano. Me sorprende y me avergüenza comprobar que este último es el sonido que más me calma: me transporta a otros veranos, si no más felices, más sencillos.
En el móvil, una amiga me manda cosas odiosas para que odie con ella. Quiero acompañarla en su odio, pero también quiero estar en este parque sola. Además, ese tráfico veloz me recuerda que todo llega y se va, que estos dramas de los que hablamos no son más que un segundo de visión borrosa a través de un cristal sucio.
De repente, una ráfaga de aire sacude las hojas de los árboles con ese murmullo que, por suave que sea, resulta siempre sobrecogedor: viene de arriba y te hace pequeña. Cae sobre ti el recuerdo de que eres una criatura a la deriva, sin raíces, sin ramas que se extiendan hacia el cielo. Estás viva, pero no has sabido conservar la entereza de lo inerte. ¿Podrías soportar que los insectos caminaran sobre ti, que habitaran en tu interior, que te consumieran? Cargas con billones de otros seres, pero como no los ves, no te importa. Eres profundamente ignorante porque no paras de pensar. Una vocecilla egocéntrica que no ve más allá de sí misma, siempre en pánico, en alerta por sobrevivir.
Me dicen todo esto el viento y los árboles, y yo lo traduzco ahora torpemente a palabras, pero en ese momento el mensaje me llega a los pulmones de forma instantánea. El viento deshace y se lleva consigo los pensamientos que venía arrastrando y la cabeza se queda en silencio: un corazón latiendo en el presente. Me parece que las cigarras chillan con más fuerza y el aire tan caliente se confunde con la piel. Mi cuerpo sobre el banco es solo una sustancia más, una pincelada en un cuadro donde unos colores se mezclan con otros.
Me quedo un rato así, sin pensar, siendo yo misma parte de un paisaje de verano, hasta que la consciencia del tiempo me expulsa: ya está, se ha acabado, vuelvo a ser yo. Es momento de irme y me levanto resignada a seguir llevando una vida solitaria de persona, pero feliz de haber podido abandonarla durante unos minutos.
Al día siguiente vuelvo, por supuesto. Me siento en el mismo banco, a la misma hora. Las cigarras están, los árboles están. Pero el calor no aprieta tanto y la luz es distinta. Hay otras personas repartidas por el césped, lejos, pero demasiado cerca. Me hace gracia porque ya me lo esperaba. No son las mismas coordenadas, es otro punto en el tiempo, y ya no puedo acceder a ese raro portal que se abrió en este lugar, en mi consciencia.
Recuerdo entonces otros instantes parecidos: sonido del tráfico, aspersores, chapoteo, luces cáusticas, un calor insoportable anulando el pensamiento, librándome de mí misma, y sonrío al saber que, en el momento menos esperado, el verano vendrá a buscarme otra vez.
La canción
Un tema muy para fundirse con el paisaje, especialmente si es un paisaje bonito.
🐦⬛ El esquema
Este señor, historiador de la ornitología estadounidense, tuvo a bien compartir esta imagen de una revista de 1920 en la que se representa de manera gráfica el canto de distintas especies. Y nada, simplemente la amo y quería enseñárosla.
⏳ La cosa que sigo recomendando
Hace seis años una lectora me descubrió la existencia del cianómetro, un instrumento creado en el siglo XVIII para medir la intensidad del azul del cielo. Desde entonces, periódicamente, alguien me escribe porque lo ha visto en alguna parte y le ha recordado a mí. ¡Me sigue halagando! Lo que se me había olvidado es el montón de curiosidades asociadas con él: venenos, antídotos y novelas de misterio. Recomiendo releerme y visitar los enlaces.
👋 La despedida
Os dije que iba a escribir siete cartas y con esta me despido. El texto principal lo escribí en junio y fue una tarde tan feliz para mí que decidí guardarlo y terminar esta temporada con él para recordar esa dimensión sensorial del verano, que es lo que más me gusta de la estación. Desde entonces, ha habido una oleada de incendios forestales y desastres geopolíticos, como auguré en mi primera carta, pero he tratado de mantener el espíritu estival. El otro día, cuando vi el eclipse desde la ventana de casa, me fascinó el evento astronómico casi tanto como ver la terraza del bar de abajo llena de personas que ignoraron por completo el cielo y la noche repentina que vivimos durante unos segundos. No dejo de pensar en ello.
🧶 La lectura
Otra cosa que me ha hecho reflexionar esta semana es el artículo Why Is Everyone In Tech So Sad? de Aaron Horwath, que no solo es relevante para quien trabaja en tecnología. Pone en palabras muchas cosas que llevo pensando en los últimos años, aunque la verdad es que yo ya era existencialista antes de alcanzar la edad laboral.
💌 La dirección
No escribiré aquí durante varios meses porque tengo que descansar de estas cartas y atender otros proyectos, pero podéis seguirme en Instagram, donde estaré más activa (¡la eterna promesa!) y en Notas de Substack, que es un sitio bastante cómodo para compartir cositas bellas que me gustan. También estaré en nuestra comunidad de Telegram y en el club de lectura que tenemos activo hasta diciembre.
Y esto es todo. Hasta mi vuelta, disfrutad del verano y del comienzo del otoño, que es mi época preferida del año. ¡Echadme de menos!






