🏹#93: Abrir la herida 🗃️
Queridas personas:
Me gustaría empezar el año con una carta alegre, pero no va a poder ser. Por si la Navidad no fuera en sí misma una apisonadora emocional, me vi recientemente en la obligación de visitar la casa de mis abuelos maternos —muertos ambos hace mucho—, para despedirme y hacer revisión de su contenido, antes de que el lugar en el que pasé la mitad de mi infancia se venda. La visita era una matrioska envenenada porque además de todos los objetos personales de mis abuelos, en esa casa hay una habitación en la que se encuentran apilados los objetos que sacamos de la casa de mis padres, aún guardados en cajas, incapaces mi madre, mi hermana y yo durante años de enfrentarnos con los restos de ese otro naufragio.
Mientras abría cajones llenos de polvo, pensaba en lo interesante que debe de ser vaciar la casa de unos abuelos con dinero. No tanto como para que se contrate a tasadores y tus abogados tengan que ponerse de acuerdo con los abogados de tus hermanos, pero sí la de unos abuelos de clase media con una vida más cómoda. Me imaginaba encontrando souvenirs vintage de sus viajes, fotos de mujeres con peinados elegantes que no fueran vestidas de negro o papeles manuscritos con una caligrafía menos colegial y sin ninguna falta de ortografía. Los cajones de mis abuelos, sin embargo, están llenos de cajitas oxidadas con estampas de vírgenes, calendarios de bolsillo, alfileres de boda, jabones de Heno de Pravia, pañuelos de poliéster que no encontraron ocasión para ser estrenados, fotos borrosas de parientes muertos mucho antes que ellos y algunos recortes de periódico sobre la amnistía para los que fueron guardias republicanos en la guerra civil.
Me intento convencer a mí misma de que la vida de mis abuelos no fue tan limitada y gris como alguien podría deducir de las poquitas cosas que acumularon. Sé que estuvo llena de trabajo y penurias pero también de campo y monte, de luz, viento, árboles, flores y pájaros cuyos nombres se sabían de memoria. Lo sé porque viví con ellos en sus días por fin ociosos, porque me llevaron de paseo entre chumberas, por bancales, cerros y barrancos agrestes que a ellos les parecían el paraíso, y porque yo era paciente receptora de su puñado de recuerdos felices. De los tristes nunca les apetecía hablar.
Mientras revolvía las habitaciones de esa casa ahora oscura y helada, pensaba que tenía que escribir sobre todo lo que estaba sintiendo porque escribir es la mejor terapia que conozco, pero apenas he podido vomitar estas palabras genéricas, soy incapaz de escribir sin llorar sobre algunas cosas que encontré escritas por mi abuelo o las fechas que mi abuela tenía apuntadas en un papelito durante sus últimos días en la residencia, supongo que temerosa de que la demencia se las borrara de un día para otro. No puedo escribir sobre algo que no he acabado de gestionar, cuando tengo aún cajas por abrir literal y metafóricamente, cuando todavía hoy, sin una razón concreta, me he puesto a llorar en la ducha, que es el lugar que mi cuerpo siempre elige para purgar lo que aún no puede o no sabe expresar en palabras.
🎧 Para esta carta he escogido una canción que escuché por primera vez, movida por el aburrimiento más extremo, en un casete que encontré en un cajón en casa de mis abuelos. Aquella versión era de Los Panchos, pero esta me gusta más.
➤ Una mirada
Estos días he pensado mucho en la relación emocional con los objetos. Cómo lo que parece un montoncito de basura para unos puede ser un altar para otros. Este proyecto de Godiva Omoruyi sobre los salpicaderos de los autobuses de Lagos y cómo reflejan la identidad de sus conductores me parece interesantísimo.
➤ Una explicación
He vuelto a la vida postnavidad como si me hubiera atropellado un camión. Por supuesto tiene que ver con los recuerdos de la casa de mis abuelos embistiéndome a mil por hora, pero también porque he pasado medio mes rodeada de gente 24/7. Y al leer este artículo me alivió comprobar que al menos mi mal tiene una explicación científica. Estoy segura de que muchas os vais a sentir identificadas.
➤ Una familia
Por mucho dinero y poder que tenga una familia humana nunca podría competir en interés con cualquier familia vampira, eso es así. En la película Vampira humanista busca suicida pasamos un buen rato con unos parientes que me cayeron bastante bien. Me gustó esta película, me pareció tierna y preciosista.
➤ Una cabaña
Eva Morell me invitó hace unos días a su cuestionario cabañil y tuve oportunidad de volver a visitar mi cabaña imaginaria, que algunos de los que llevan aquí más tiempo conocen bien. SSF vibes. IYKYK.
➤ Un escarabajo
Sé que en la comunidad de fletchers, George Durrell y su familia son personajes VIP, por eso creo que os gustará saber que una nueva especie de escarabajo descubierta en Madagascar ha sido llamada Macratia durrelli en su honor.
Y hasta aquí por hoy. Hasta mi próxima carta, si acumuláis objetos, procurad que sean interesantes.















Pone la piel de gallina pensar en el momento de “vaciar” una casa. Mi mamá murió en febrero y nos tocó sacar cosas suyas. Aunque mi padre sigue viviendo en su casa, fuimos a liberar espacio y “soltar” recuerdos. Hubo muchos momentos tristes, también muchas risas. Mamá era una mujer muy divertida pero con un “Diógenes” religioso digno de estudio. Cajas enormes. Kilos de estampitas de santos con nombres muy peculiares. Decidimos tirarlas “con amor”… Soltando en aquellas bolsas las estampas, las crucecitas y rosarios, con nuestro lema “te quiero mucho, como la trucha al trucho”, que mi madre repetía sin parar. Pero mi hermana pequeña decidió ir una a una, por si entremedias había alguna cosa (foto familiar, etc) que no quisiéramos perder. De ahí que leyera durante más de dos horas, nombres de santos rarísimos.
Todo esto me hizo ser consciente de que cuando yo no esté, pobre del que le toque sacar mis cosas. Vivo en una casa grande y he acumulado mucho. Mi objetivo es hacer verdaderas limpiezas de objetos. Y en ello estoy, pero me queda mucho trecho.
Te deseo un año bello. Gracias por abrir con cada carta mi cajita de Pandora particular.
Carmen,
Yo ya hice la mitad de ese duelo hace tiempo, pero la casa de mis abuelos no termina de cerrarse, mientras se cae a cachos un poco más cada día. Está navidad me he traído a Madrid el jarrón que siempre estaba en la mesa de comedor de la casa. Siempre con flores de plástico, cosas que me horrorizaba, habiendo frescas en el patio. En fin, que siempre me parecio feo, feo. Ahora está en mi casa, con mis libros, sin flores eso sí y me parece bellísimo sólo por si procedencia 😉